«El burro duerme en cabaña de lona./ No llamar burro al burro,/ llamarle ayudante del hombre/ o llamarle persona». Gloria Fuertes le dedicó un poema. También Juan Ramón Jiménez triunfó con Platero y yo. Camilo José Cela y Rafael Alberti los criaron en persona. Y para los creyentes, Jesús nació junto al calor de una mula y entró en Jerusalén subido a su lomo. Y le llaman burro.
Nunca un animal recibió tanto menosprecio de una sociedad que evolucionó gracias a su trabajo, su esfuerzo en tareas agrícolas y en largos caminos con pesadas cargas sobre su espinazo. Con la explosión de la industrialización y de la tecnología, el burro no sólo quedó relegado a la indiferencia y la invisibilidad, sino que recibió el insulto y la humillación de la humanidad, que pasó a considerarlo torpe, tonto, feo, inútil y terco cuando, en realidad, los asnos han dado abundantes muestras de inteligencia, ha sido un animal cercano al pueblo y con un fuerte vínculo con la tierra que, afortunadamente, no ha perdido.
Pero ni con esas, la humanidad ha sabido devolverle al burro lo que él hizo por ella. Hasta tal punto se llegó que incluso los amantes de este animal dieron la voz de alarma ante una posible extinción de la especie.
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